Diario de Carcosa /15


Entrada #42 (10/06/2017)

Durante los últimos días he trabajado frenéticamente para intentar reproducir las condiciones necesarias para "despertar" mi glándula pineal. He buscado toda la información disponible en Internet; tengo el álbum de The Yellow Sign puesto en bucle en mi reproductor de MP3; he visto varias veces la película en YouTube, y he pintado el emblema del Club Carcosa (¿El Signo?) por todos los rincones y paredes de mi apartamento, mientras me sometía a un estricto programa de ayuno, abstinencia y meditación para aislarme del resto del mundo e intentar trascender esta realidad cotidiana que, ahora lo sé, sólo es una más entre todas las posibles.
Por fin me senté en el centro de la sala de estar, en la postura del loto y casi a oscuras, sin más compañía que un par de botellas de agua mineral. La primera parte del proceso implicaba aislarme por completo del mundo exterior volviendo la atención hacia mi interior, hacia aquellos sonidos de mi cuerpo que nunca podía dejar de escuchar por mucho que lo intentase: mi respiración y, sobre todo, el rítmico latir de mi corazón, de tal forma que no existiese nada más que ese golpeteo acompasado. A partir de ahí, empecé a construir mi tercer ojo, capa a capa, detalle a detalle, hasta que la oscuridad que se extendía a mi alrededor se pobló de formas geométricas de colores y de extrañas figuras que flotaban moviéndose entre los ángulos e intersecciones.
Después, con un esfuerzo de voluntad que me pareció durar años, hice girar el ojo hasta que apuntó hacia mi interior... y entonces todo cambió. Seguía sentada en la misma postura, pero en vez de encontrarme en mi apartamento, me hallaba a medio camino entre un lago de aguas neblinosas (¿Hali?) y una imponente muralla que parecía ascender hasta el límite de mi vista, tanto humana como espiritual. Tras la muralla asomaban torres y capiteles de diseño inhumano cuyas puntas lo mismo parecían flotar por delante que por detrás de las lunas que orbitaban ese mundo extraño y misterioso, cubierto por un cielo oscuro, sin nubes, y tachonado de estrellas negras entre las que brillaban lejanas constelaciones alienígenas. ¿Estaba en Carcosa? ¿Era aquella la ciudad que habían descrito Bierce, primero, y Chambers, después? Y si era así, ¿dónde me encontraba realmente?
Como para contestar a mis preguntas, una figura alta y de silueta vagamente humanoide se asomó al balcón de una de las torres. Iba envuelto en una capa y otras prendas de color amarillo que se ceñían a su cuerpo como una mortaja, mientras que una amplia capucha ocultaba casi por completo sus facciones. Y al verle, no pude evitar acordarme de las palabras de Chambers en "El reparador de reputaciones": "Los festoneados harapos del Rey de Amarillo deberán ocultar Ythill para siempre". Pero ¿qué o quién era Ythill, y quién era el Rey de Amarillo?
La figura me observó sin animosidad, más bien con un interés no exento de una cierta compasión, o al menos eso me pareció sentir, más que ver, porque toda la comunicación que se establecía entre nosotros se reducía a la mímica corporal y una serie de vividas impresiones en mi cabeza. "Bienvenida al otro lado", me dijo. "No tengas miedo. No estás sola". Y entonces, todo comenzó a desdibujarse y me encontré de nuevo tirada sobre la alfombra de mi sala de estar. Tenía los músculos agarrotados y me dolía todo el cuerpo. Aunque mi experiencia extrasensorial había parecido durar minutos, cuando por fin pude observar el reloj de mi muñeca izquierda descubrí que llevaba ausente tres días con sus respectivas noches. Muerta de sed, agarré la primera botella de agua y la vacié en un par de sorbos, aunque tuve el sentido común suficiente para dosificar con cuidado la segunda. Cuando por fin pude arrastrarme hasta el cuarto de baño, me quedé atónita. ¿Era realmente la mía esa figura pálida, despeinada y macilenta que se reflejaba sobre el espejo? Mientras me refrescaba la cara con agua fría recordé toda la experiencia, y me pregunté qué era lo que me había sacado del trance. No el Rey, desde luego. Parecía muy interesado en hablar conmigo. ¿Entonces? Recogí el teléfono móvil y ahí estaba: el aviso de un mensaje que debía de haber pitado en su momento, pero que ahora se reducía a una luz parpadeante en pantalla para indicar que aun estaba pendiente de leer. El remitente, como no, era un número privado, y el contenido del texto no podía ser más breve ni ominoso:
"Enhorabuena. Lo has conseguido. Te estamos esperando. Déjalo todo y reúnete con nosotros".
No era aquello lo que me pedía el cuerpo. Yo estaba deseando darme una larga y reparadora ducha de agua caliente, para a continuación echarme a dormir y descansar por lo menos una semana entera. Pero ese era un requerimiento que no podía ignorar y además, a aquellas alturas de la película, mi curiosidad era tan grande que hubiese cruzado océanos de tiempo (como decía Gary Oldman en el Drácula de Coppola) por saber cómo acababa aquella historia, así que me vestí lo más rápido que pude con lo primero que pillé a mano - vaqueros ceñidos, camiseta de tirantes, zapatillas de deportes y mi vieja cazadora ceñida de cuero - para salir del apartamento sin más utensilios que las llaves, mi cartera y el teléfono móvil.
[Nota: Dado que ya no me fio de mi memoria, ni de la verosimilitud de la mayoría de las cosas que ocurren a mi alrededor, voy a conectar la grabadora del móvil para tener una copia de respaldo y no depender sólo de mis recuerdos. Espero que no me registren o, que si lo hacen, me permitan quedármelo].
Abajo no había nadie en la portería, pero en la calle me esperaba un Mercedes Benz S-Class de color negro. Una de las puertas traseras se abrió al acercarme y me instalé, arrebujándome, en el confortable espacio destinado al pasajero. El conductor me observó a través del espejo retrovisor y de la que ponía en marcha el vehículo, me tendió lo que parecía ser un termo metálico.
- Café - me aclaró, al notar mi reticencia.
- No se lo he pedido.
- Ya lo sé, pero me ha dado la impresión de que lo necesita - respondió el chófer, en un inglés extraño, como si hubiese aprendido muchos idiomas en muy poco tiempo y ya no estuviese seguro de cuál era su lengua natal. Fuese por el café, por los asientos con calefacción del Mercedes, la suave música que sonaba a través del sistema de audio o las luces que centelleaban en el exterior del vehículo, no pude evitar cerrar los párpados y caer en una especie de semiamodorramiento, en el que a ratos me parecía flotar ingrávida, mientras adoptaba una postura fetal y me tumbaba de lado, abrazando mis piernas y hundiendo la cabeza entre mis rodillas, sola, a salvo, aislada del resto del mundo y de la humanidad, de manera que perdí toda noción del tiempo o del tránsito. Por eso, cuando el Mercedes se detuvo por fin, no sabría decir donde nos encontrábamos. Tal vez en alguna zona del desierto o de las montañas, porque la luz de las estrellas brilla pura, casi sin ningún rastro de contaminación, y apenas puedo distinguir en el horizonte el lejano resplandor de las luces de la ciudad. El vehículo ha estacionado frente a la entrada de un edificio de corte Modernista, que según por donde lo mires parece el delirio de algún arquitecto experimental neo-gótico, por la proliferación de torres, capiteles, esculturas y contrafuertes en combinación con el diseño orgánico de Gaudí. El chófer se apea para abrirme la puerta desde fuera, al tiempo que otros dos hombres, impecablemente vestidos con trajes de servicio de corte años treinta, salen a recibirme al vestíbulo del local. Por un momento pienso que mi aspecto va a ser un problema, pero ninguno parece reparar en mi descuidada forma de vestir. Uno de los porteros - un sujeto atractivo, de apariencia física griega u oriental - me precede por un comedor estilo retro, que rodea una sala de baile donde varias parejas se mueven al ritmo de una melodía Bossanova interpretada por una orquesta tradicional, de las de antes, con instrumentos clásicos y nada que recordase algún momento posterior a 1964. En una de las mesas un elegante caballero da buena cuenta de un filete con guarnición. Tiene el pelo canoso peinado de lado, con algo de barba de un par de días y una mirada penetrante. Viste un carísimo traje de lino blanco que le queda como una segunda piel, a juego con una camisa azul a rayas y una corbata azul con lunares blancos. Unas gafas de montura metálica le cuelgan de un bolsillo superior del que también asoma un pañuelo de estampado similar al de la corbata. Su rostro es atractivo, seductor e inconfundible, pese a que se supone que lleva casi cuarenta años muerto.
- Buenas noches, querida - me saluda Peter Janos, poniéndose en pie mientras se limpia delicadamente los labios con el borde de la servilleta -. Es todo un honor que haya podido reunirse finalmente con nosotros.

(Continuará)

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.


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