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Diario de Carcosa / Epílogo

 

Entrada #44 (25/06/2017)

FIN DEL DIARIO.

Al final, todo tu existencia puede resumirse en el contenido de un apartamento de 36 metros cuadrados y lo que puedes rescatar en una mochila tipo excursionista, antes de prenderle fuego al lugar que ha sido tu hogar durante los últimos siete años de tu vida. Reservo los últimos restos de gasolina para el mural de Marten (su epitafio, en realidad; ahora soy consciente de ello). Recuerdo la primera vez que lo vi, que confuso y extraño parecía todo, mientras que ahora se desvela ante mí como un libro abierto. No había que "leerlo" de izquierda a derecha, ni de arriba a abajo, incluso tampoco era necesario un orden cronológico como el que yo había improvisado. Marten los había dispuesto todo siguiendo el esquema del signo amarillo, como uno de esos laberintos en los que empiezas por el centro y poco a poco vas deslizándote, dando vueltas, hacia el exterior. Era una lectura iniciática, y yo había sucumbido a ella con calma y casi sin darme cuenta. O peor aún, dándome cuenta pero deseándolo.
Echo un último vistazo a mí alrededor mientras enciendo el mechero de Marten, aquel que me regaló después de nuestra primera noche juntos. Mi apartamento parece devolverme la mirada para rogarme "Quédate", pero ya es demasiado tarde. He visto Carcosa, me he sentado a la sombra del Rey, y he atisbado lo que se oculta entre los pliegues amarillos de su capucha. "Bienvenida al nuevo mundo", parecía decirme cuando extendía una mano - que más parecía una garra - hacia a mí, pero ¿qué clase de nuevo mundo? Al final, dejo caer el mechero y me apresuro a salir del apartamento antes de que las llamas me rodeen. Escaleras abajo, no me olvido de romper de un codazo el cristal de la alarma anti incendios para avisar a los bomberos. Ya en la calle, aspiro el aire fresco (algo frío) y limpio de Los Ángeles. Me he tomado pastillas suficientes para intentar despistar a cualquiera que estuviese leyéndome la mente, pero ni siquiera estoy segura de que el truco funcione. Camino calle abajo como un fantasma o una zombi, sumergida entre una niebla tan irreal como espesa mientras a mi lado pasan, destellantes, las luces de los servicios de emergencia. Minutos u horas después, me hallo frente a la taquilla de la estación de autobuses, desde donde una voz incorpórea me pregunta:
- ¿Destino?
Y yo no puedo evitar reírme, con una risa que no parece la mía.
- El primero que salga, lo más lejos posible.
- De acuerdo.
Y ahora estoy aquí sentada, esperando a que salga mi autobús con rumbo a Dios sabe dónde. ¿Llegaré al final, o mi destino es acabar como Marten, despedazada y repartida entre varios estados como un sacrificio ritual en honor de fuerzas que no comprendo? Me sorprendo a mi misma llorando. Soy tan joven, y no quiero morir todavía. No así. Miro al cielo y me parece más oscuro que nunca, tachonado de constelaciones extrañas que no son las que deberían de estar ahí en esta suave noche de mayo. ¿He cruzado alguna frontera sin darme cuenta? En ese caso, espero que en esta realidad nunca hayan oído hablar del Signo Amarillo, ni de su inexorable legado.
Es terrible caer en las garras del Dios vivo.

EPÍLOGO:

El fuego estaba prácticamente sofocado, pese a lo cual la policía y los bomberos todavía mantenían la calle cortada como medida preventiva. Una figura vestida con ropa deportiva, y la cabeza oculta bajo la capucha de su sudadera, se acercó a uno de los agentes para preguntar, indiferente:
- ¿Qué ha pasado?
- Un incendio en un bloque de apartamentos. Parece que empezó en algún lugar entre las plantas 3 y 6. Por suerte ya está todo controlado, pero aun no se puede acceder al edificio.
- ¿Ha habido algún muerto o herido?
El agente observó a su interlocutor (¿interlocutora?) con curiosidad. Bajo la capucha, tan solo pudo apreciar una mandíbula delicada, en la que destacaban unos labios finos y estrechos. Un poco más arriba, entre las sombras, un ojo refulgía con un brillante color esmeralda, y el hombre no pudo evitar preguntarse por qué, y sobre todo, por qué sólo uno de los dos.
- ¿Quién es usted? ¿Algún inquilino o vecino de la zona?
- Si - respondió el (¿la?) encapuchado, sin aclarar a cuál de las dos preguntas se refería -. He venido a visitar a una amiga que vive aquí. Andrea Wales, 5º D. ¿Se sabe algo acerca de ella?
- Aún no. Todavía no hemos podido comprobar quienes se hallaban en casa y quienes habían salido. ¿Cómo ha dicho que se llamaba su amiga? - insistió el agente, pero en ese mismo instante uno de los bomberos le hizo señas para que se acercase y tuvo que interrumpir la conversación. Entretanto, el (¿la?) recién llegado observó la calle con mirada crítica. Al abrir su tercer ojo, el espacio se pobló de figuras fantasmales que habían pasado por ahí mismo a lo largo del día, como hormigas corriendo en un montón de direcciones diferentes. El (¿la?) intruso aguardó hasta que dio con lo que estaba buscando, la silueta de una joven morena, vestida con vaqueros, un chaleco de abrigo y una mochila de acampada y senderismo de larga distancia. Aquella imagen no era más que un eco de la Andrea real, pero para su perseguidor (¿o perseguidora?) era tan auténtica como si la tuviese delante de sus tres ojos, así que echó a caminar detrás de la silueta, dispuesto (o dispuesta) a seguir a su presa el tiempo y la distancia que hiciesen falta hasta dar con ella.
Cuando el agente regresó para continuar interrogando al sospechoso individuo (o individua), este/esta ya había desaparecido sin dejar ni rastro. Intrigado, el agente recorrió un par de veces la calle arriba y abajo antes de darse por vencido. Después de todo, aquel tipo no podía simplemente haber doblado una esquina y desaparecer, ¿o no? Cada vez más cansado, y consciente de que aquello escapaba a sus funciones, el agente regresó sobre sus pasos para continuar con su trabajo. Al cabo de veinte minutos, se había olvidado tanto del misterioso visitante nocturno, como del nombre de la persona de la que habían hablado. Como si esta nunca hubiese existido.

FIN

El Diario de Carcosa termina aquí, pero sabremos más detalles acerca del destino (o del pasado) de Andrea Walles, Peter Janos y Miriam Levine en "Demonológica"©

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato (y su secuela) son propiedad de su autor, y han sido registrados en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco

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